Tu tatarabuelo era un cerdo y tu tatarabuela una mona | digo:portal

Tu tatarabuelo era un cerdo y tu tatarabuela una mona

Una nueva teoría sugiere que la especie humana es el resultado de cruce entre chimpancés y cerdos. Esa es la conclusión a la que llega el Doctor Eugene McCarthy, un reputado científico e investigador sobre genética de la Universidad de Georgia. McCarthy es, por demás, una de las máximas autoridades en temas de especies híbridas y conoce bastante sobre la hibridación de animales.

McCarthy sugiere que si bien los humanos compartimos el 99% del código genético con los chimpancés, también compartimos una buena cantidad de características genéticas con los cerdos, las cuales no son vistas en los demás primates. Según su investigación, estas grandes diferencias entre humanos y los demás simios tienen su origen en un cruce de especies en algún punto en la historia evolutiva de la humanidad. Y la especie que llena las diferencias entre humanos y los demás simios es el cerdo común y silvestre.

A pesar de que el propio McCarthy se apresura a decir que esto es solo una hipótesis, la evidencia que muestra es bastante contundente. La ciencia tiene siglos diciendo que el chimpancé es el “primo” más cercano de los humanos y la evidencia genética apoya profundamente esta conclusión. Sin embargo, McCarthy apunta que a pesar de la similitud de nuestros códigos genéticos, hay una amplia cantidad de diferencias anatómicas que separan a ambas especies.

“Estas características, entre las que se incluyen una piel sin pelo, una gruesa capa de grasa abdominal, ojos más claros que el negro predominante en los simios, narices protuberantes en contraposición a las narices achatadas de los primates, y cejas pronunciadas, son todas características que encontramos en los cerdos” sugiere.

Además existen otras similitudes menos obvias pero igualmente inexplicables entre los humanos y los cerdos en la estructura de la piel y los órganos internos. Por ejemplo, la piel y las válvulas cardíacas de los porcinos son utilizadas con frecuencia en la ciencia para tratar humanos debido a su similitud y compatibilidad.

Según la hipótesis de Eugene McCarthy, el producto original de ese cruce genético entre chimpancés y cerdos fue seguido por varias generaciones más de cruces en donde los nuevos seres convivieron y se reprodujeron con los demás chimpancés, volviéndose más cercanos a los simios que a los cercos con cada nueva camada. Con el tiempo, los nuevos “chimpancerdos” fueron volviéndose fértiles y capaces de reproducirse entre ellos mismos y a la vuelta de los milenios esta rama se convirtió en el Homo Sapiens.

La hipótesis de McCarthy no sale ilesa de críticas y una de las principales tiene que ver con la diferencia cromosomática entre chimpancés y cerdos, teniendo aquellos 48 cromosomas y éstos solo 38, lo que haría inviable un cruce genético. Un crítico de la teoría sugiere que el Dr McCarthy debería intentar producir un cruce con chimpancés y cerdos en la actualidad.

El rechazo a las ideas de McCarthy lo ha mantenido marginado de poder publicar sus planteamientos, por lo que el científico ha tomado la vía independiente haciendo públicos sus argumentos en su propio website, macroevolution.net.

“Debo admitir que inicialmente sentí cierto grado de repugnancia ante la idea de que somos híbridos. La imagen de un cerdo apareándose con un similo no es bonita, como tampoco lo es pensar en una horda de semi-humanos apareándose con otros simios. Sin embargo, la manera en la que surgimos como especie no es tan importante como el hecho de que ahora existimos. Buenas cosas pueden surgir de procesos desagradables y en el fondo la raza humana es una muy buena cosa. Y con todo, hay algo que podemos decir de la idea de tener un cerdo como primo lejano” se defiende McCarthy.

“Mi opinión acerca de los cerdos ha mejorado mucho a lo largo de mi investigación. Al principio los consideraba sucios y engreídos, pero ahora considero su inteligencia, afecto, lealtad y capacidad de adaptación, lo que sumado a una particular alegría y sensualidad de los cerdos, los hacen aún más parecidos a los humanos de lo que cualquiera pensaría”, concluye el científico.

Darío Martínez Batlle

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